CUANDO EL FASCISMO ASOMA

El auge de la extrema derecha tiene que ver fundamentalmente con los problemas y desconciertos de los partidos democráticos del centro, en la izquierda y en la derecha, cuando se trata de responder, de manera adecuada, a las dificultades e inquietudes de amplios sectores de las clases medias y trabajadoras

La irrupción con fuerza de la extrema derecha en la política europea es motivo de preocupación. Los más pesimistas nos advierten de que el fascismo que inundó el Viejo Continente después del desastre de la Primera Guerra Mundial vuelve a amenazar nuestras democracias. Son bastantes quienes abogan por una movilización popular para combatir la amenaza de las ‘camisas negras’. Los activistas sociales reclaman contundencia y la extrema izquierda ve una oportunidad en el combate con su polo opuesto. Las derechas conservadoras se inquietan e intentan competir con los extremistas en el diagnóstico,  propuestas y relatos. Es aquello que ya conocimos en Francia como la ‘lepenización’ de los espíritus. Lo que sabemos hasta ahora es que ni la movilización de los activistas sociales y la extrema derecha ni la competencia electoral asumiendo sus resultados han impedido el avance y la consolidación electoral de estos extremistas en diversos países europeos.

Tengo la convicción, quizás equivocada, de que esas estrategias son erróneas. El auge de la extrema derecha tiene que ver fundamentalmente con los problemas y desconciertos de los partidos democráticos del centro, en la izquierda y en la derecha, cuando se trata de responder, de manera adecuada, a las dificultades e inquietudes de amplios sectores de las clases medias y trabajadoras. Y es que en la época de rotundas transformaciones sociales, económicas y culturales que estamos atravesando, las políticas que al menos en Europa Occidental habían garantizado que la prosperidad fuese compartidas, la igualdad de oportunidades real para la mayoría y el buen funcionamiento del ascensor social, una vivencia constatada por millones personas, están en crisis y no funcionan.

La crisis financiera que estalló hace ahora diez años puso en quiebra el contrato social que era el fundamento del modelo democrático europeo. La recuperación económica que estamos observando no está llegando con la misma intensidad en todos los sectores sociales ni tampoco parece que el dinamismo social que había garantizado que lo hijos vivirían mejor que los padres se haya recuperado. Todo lo contrario.

Pero es que, además, la crisis financiera ha ido acompañada de la aceleración y profundización de los fenómenos de la globalización, revoluciones tecnológicas disruptivas, múltiples y acumulativas y el envejecimiento de nuestras sociedades. Nuestro mundo ha cambiado y más va a cambiar.

Hay que repensar, actualizar y rehacer el contrato social. Y ahí existen algunos conceptos claves. Los planteamientos predistributivos en materia económica, las inversiones en infancia y juventud como prioridades en las políticas sociales, el apoyo a la innovación en las políticas industriales, las reformas fiscales justas y la colaboración entre gobiernos, empresas y Tercer Sector en todos los campos me parecen fundamentales cuando procuramos recuperar la confianza de la ciudadanía en la democracia y la economía social de mercado. Ni el modelo que sólo habla de privatizar, desregular y liberalizar nos sirve, ni la nostalgia en el viejo intervencionismo son la respuesta.

Si la prosperidad es compartida por la inmensa mayoría y no por unos pocos, y si el dinamismo social permite vislumbrar a las generaciones jóvenes que el futuro es progreso, el virus del fascismo será derrotado.

Digues què en penses

*

*