DE ESOS POLVOS, ESTOS LODOS. DESPRESTIGIAR A LA SOCIEDAD CATALANA NO ES GOBERNAR

De los polvos de la inacción política del Gobierno del PP, de las campañas de desprestigio de la operación Cataluña  y de la respuesta basada en el Código Penal y el Tribunal Constitucional, han llegado estos lodos

Hace siete años iniciaba mi colaboración con la revista El Siglo con un artículo que empezaba con la siguiente consideración: “La progresiva desconexión, sentimental y política, de amplios sectores de la sociedad catalana con un proyecto compartido de carácter español me parece imparable”. Siete años más tarde, Catalunya está a punto de celebrar un referéndum de independencia, con toda la maquinaria del Estado, por tierra, mar y aire, en contra.

Nadie puede decir que no estaba advertido de lo que iba a suceder. Hace unos cuantos años, dirigentes del catalanismo más tradicional y convencional, convencidos de que el encaje de Catalunya era necesario y posible, y sabedores de la progresiva desconexión de la sociedad catalana, clamaban en las Cortes en favor de una Tercera Vía entre el proyecto recentralizador y uniformizador de los partidos de ámbito estatal y la propuesta independentista. Advertían del inevitable choque de trenes, pero fracasaron en su intento de evitarlo. La Tercera Vía que defendían, entonces, por ejemplo, el president Montilla y el líder de UDC, Duran i Lleida, murió por inanición. La ausencia de respuesta alguna de populares y socialistas españoles mató lentamente aquella legítima aspiración.

Oportunidades para haber conducido las cosas de otra manera ha habido unas cuantas durante estos años. De entrada,  después de la sentencia del Tribunal Constitucional  de 2010 que mutilaba el Estatut refrendado por los catalanes, cuando por la vía de determinadas leyes orgánicas se podría haber paliado, siquiera parcialmente, el estropicio del Tribunal Constitucional. O en septiembre de 2012, cuando después de la masiva manifestación de la Diada de aquel año, el president  Mas planteó a Mariano Rajoy la necesidad de un Pacto Fiscal para acabar  con el agravio y el perjuicio económicos de la actual financiación de Catalunya. O cuando el Parlament defendió en el Congreso de los Diputados la delegación de competencias a la Generalitat para organizar un referéndum sobre el futuro político de Catalunya, que hubiese permitido construir un acuerdo al estilo del alcanzado entre Londres y Edimburgo, acordando fecha, pregunta, quórum, y la obligación de negociar. O posteriormente, cuando ante la convocatoria de la consulta del 9 de Noviembre se podría haber optado por parte de  Madrid por actuar como hizo el Gobierno de Canadá en el Quebec en 1989 y 1995,  o sea, dejar en la práctica que se celebrase la consulta y hacer campaña por el no, asumiendo el correspondiente resultado. O después del 9-N, cuando se podría haber escuchado aquello que una masa enorme de catalanes había expresado en aquella jornada histórica y haber puesto encima de la mesa una propuesta de Estado para Catalunya.

Esas oportunidades pasaron, todas y cada una de ellas. Se optó por ignorar, menospreciar, desprestigiar, perseguir y criminalizar. Se reformó la Ley del Tribunal y la Ley de Seguridad Nacional para dotar al Estado de más instrumentos represivos. Se orquestó la operación Cataluña para liquidar a los dirigentes soberanistas catalanes y sembrar la desmoralización en la sociedad catalana.

Estos días escuchamos  a los dirigentes del bloque españolista, a los ministros del Gobierno, al presidente del Gobierno, quejarse de la ausencia de garantía y de la vulneración de las normas en la tramitación en el Parlament de las denominadas leyes de conexión. Son posiciones políticas legítimas, pero cargadas de fariseísmo.

Demasiadas opciones alternativas el bloque soberanista no ha tenido si quería dar cumplimiento al mandato de los electores catalanes.

De los polvos de la inacción política del Gobierno del PP, de las campañas de desprestigio de la operación Cataluña  y de la respuesta basada en el Código Penal y el Tribunal Constitucional, han llegado estos lodos.

La política debe de volver como forma de encauzar el conflicto.

Publicat originalment a El Siglo de Europa

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