EL EUROPEÍSMO, MÁS QUE NUNCA

El voto popular en los 28 Estados determina una composición del Parlamento orientada en un sentido u otro y ello impacta en el sesgo de las directivas fundamentales que se aprobarán en los próximos años. Se trata, pues, de unas elecciones determinantes también por sus consecuencias en la vida concreta de los ciudadanos

Cuando escribo estas líneas todavía no se han celebrado las elecciones europeas y no sabemos, por tanto, cuál es el nuevo mapa parlamentario que habrá surgido de esos comicios. Durante toda la campaña electoral la principal preocupación de las fuerza proeuropeístas ha sido la magnitud que pudieran alcanzar los grupos extremistas de derechas para condicionar la acción legislativa de la Eurocámara durante el próximo lustro. Las consecuencias de este escenario no son menores.

Hoy el Parlamento Europeo ya no es una Cámara vacía de poder, sino que constituye un poder clave comunitario en la medida en que sus competencias legislativas son equiparables a las que tiene el Consejo de la Unión Europea, que representa a los Gobiernos. Las directivas, que son las leyes europeas, deben de ser aprobadas por el Parlamento en un complejo proceso de codecisión con el Consejo, siendo la posición de la Cámara absolutamente determinante. Ciertamente, el entramado institucional europeo no se corresponde con la clásica y habitual división de poderes que conocemos en nuestras democracias. La UE es más una confederación de Estados que no un nuevo ‘demos’ que se articula de manera convencional. De ahí su déficit democrático.

Ahora bien, el voto popular en los 28 Estados determina una composición del Parlamento orientada en un sentido u otro y ello impacta en el sesgo de las directivas fundamentales que se aprobarán en los próximos años. Se trata, pues, de unas elecciones determinantes también por sus consecuencias en la vida concreta de los ciudadanos.

Es muy evidente que estas elecciones europeas continúan siendo extremadamente locales. Los resultados en cada país deben interpretarse en clave nacional, en la medida en que expresan el estado de ánimo de las opiniones públicas de cada uno de los Estados miembros. Y es cierto también que algunos electores menosprecian las capacidades reales de actuación del Parlamento Europeo y han tenido la tentación de votar de manera más o menos frívola en más de una ocasión. Pero precisamente por esta razón las euroelecciones han sido y son un excelente termómetro de las opiniones públicas de los Estados miembros. Los malestares, temores y preocupaciones de los europeos se expresan en ese voto. Y aunque el ‘demos’ europeo no exista como tal, los distintos ‘demos’ europeos comparten buena parte de los retos y problemas que toca afrontar. Los términos de la discusión son bastante comunes en todos los rincones del Viejo Continente.

Se trata de responder a la necesidad de continuar garantizando la prosperidad económica y el bienestar social en el contexto de la globalización y de la revolución tecnológica que están en marcha y transforman radicalmente sectores completos de actividad económica y los mercados de trabajo, destruyendo empleos y creando nuevos. Se trata de reparar el dinamismo social que garantizaba una efectiva igualdad de oportunidades en un contexto de creciente incremento de las desigualdades pensando en los niños y jóvenes de hoy que serán los adultos de mañana. Se trata de garantizar el Estado del Bienestar ante los retos demográficos vinculados al aumento de la longevidad, a la jubilación de los ‘baby boomers’ y las bajas tasas de fecundidad. Se trata de superar los retos del calentamiento global y del cambio climático y avanzar hacia una economía que no dependa del petróleo, el carbón y el gas. Se trata de gestionar los flujos migratorios y de refugiados y la creciente diversidad de nuestras sociedades. Se trata de regular y limitar el poder de las grandes compañías tecnológicas que determinan nuestra vida por la vía de la acumulación masiva de datos personales. Se trata de salvaguardar la democracia frente a las propuestas autoritarias e iliberales. Se trata de defender los valores europeos de la Ilustración frente a las aspiraciones de China, el creciente aislamiento de los Estados Unidos de Trump y la amenaza de la injerencia rusa. Se trata de cooperar con África en términos de prosperidad compartida. Se trata de reconocer las muchas realidades nacionales, culturales y lingüísticas de la Unión que no gozan de un Estado propio y resolver democráticamente los conflictos abiertos, como el catalán.

Pues sí, deseo que el resultado del 26 de mayo responda a un voto responsable y no a un voto frívolo; deseo gozar de un Parlamento progresista y europeísta, convencido de que buena parte de las respuestas a esos retos están en la capacidad de los europeos de abordarlos de manera conjunta y unidos.

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