EL ‘TRILEMA DE RODRIK’

La lectura de La paradoja  de la globalización del economista de Harvard Dani Rodrik continúa siendo  recomendable. La tesis de Rodrik es que debemos elegir dos de entre estos tres conceptos: globalización económica, democracia política o soberanía nacional, puesto que no es posible un mundo hiperglobalizado y plano, con democracia y soberanía de los Estados, todo al mismo tiempo y con la máxima intensidad.

Es el denominado trilema de Rodrik. Podemos aspirar a tener hiperglobalización y democracia política a escala global, con reglas e instituciones para una nueva gobernanza, pero a costa de la soberanía nacional; o podemos aspirar a mantener nuestra plena soberanía y la democracia política, pero sin integrarnos en el mundo, encerrados en la autarquía; o bien podemos estar plenamente integrados en la lógica de la globalización económica, manteniendo un alto nivel de control político interno, pero sin democracia política, o sea sin legitimidad social para tener capacidad de cuestionar, discutir y pactar las reglas que se deriven de los impactos y las consecuencias de esa integración económica a escala global. El planteamiento de Rodrik en el terreno teórico es realmente sugerente. Y en el terreno político nos permite abordar debates de un enorme calado y actualidad.

 

De momento, el trilema de Rodrik sigue abierto, sin respuestas coherentes y ampliamente aceptadas. Por ejemplo, la emergencia de nuevos actores políticos en toda la Unión Europea es una respuesta al desequilibrio entre los tres conceptos. El proceso de integración económica a escala global, intenso desde todos los puntos de vista en Europa, genera perdedores y diluye las preferencias nacionales por determinadas maneras, con fuerte arraigo, de generar riqueza y prosperidad o repartir los costes de la inversión social. Europa está globalizada, la soberanía de sus Estados limitada, pero a menudo las decisiones que impactan en la sociedad no son el resultado de un proceso democrático de deliberación y acuerdo, sino una imposición tecnocrática que parece ignorar los costes de aquella decisión.  Seguramente el caso más paradigmático es el de Grecia. La teórica racionalidad de la Troika parecía ignorar el detalle de que los griegos votan un Parlamento y que esa elección tiene que ver con  las preferencias de los griegos sobre prioridades de gasto, ajuste, recaudación y regulación. Los griegos votan y, poco o mucho, la lógica de la tecnocracia debe rehacerse.

Al margen de la opinión que podamos tener sobre Syriza, Grecia ha demostrado que la integración económica a escala global presenta dificultades para encajar con la democracia política cuando las cosas van mal para  la mayoría.

O también tenemos el caso del sentido y de la fuerza del movimiento catalán en favor del derecho a decidir. Un movimiento que expresa claramente una opción por las preferencias nacionales de la sociedad catalana en el contexto de la globalización económica.  Catalunya apuesta por integrarse en la económica global a través de su pertenencia a la Unión Europa, pero aspira a potenciar y preservar su modelo de sociedad abierta e inclusiva, con una alta movilidad social y unos niveles de cohesión social avanzados. Y ese modelo de sociedad reclama un Estado propio como instrumento para articular y defender sus preferencias nacionales y al mismo tiempo participar en la gobernanza global.

Seguramente, el trilema de Rodrik no puede tener en el ámbito de la vida real una respuesta cerrada y completa; pero ciertamente los actuales debates de fondo en todo el mundo tienen mucho que ver con encontrar un equilibrio inteligente y sostenible entre la integración económica, la democracia política y el respeto a las preferencias de las sociedades. Nada más y nada menos.

Article publicat originalment a elsiglodeuropa.es

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