UNA MOCIÓN DE CENSURA

Nuestras diferencias continúan siendo sustanciales en la cuestiones de fondo como el reconocimiento nacional y el derecho a decidir, y el trato justo y el poder que reclama Catalunya; y porque hay cuestiones de derechos humanos y de respeto a la ley que afectan a las personas encarceladas que deben resolverse para recuperar confianza y el mutuo respeto.

Y, de repente, llegó la moción de censura, y triunfó. Era inevitable. La primera sentencia que condenaba directamente al PP por corrupción exigía al PSOE liderado por Pedro Sánchez una respuesta política a la altura de la magnitud de la alarma social creada entre la ciudadanía. En un país europeo normal, una sentencia de este tenor obligaba al presidente del Gobierno a dimitir. Y si no, tocaba la moción. Si el PSOE no hubiese presentado la moción, difícilmente se habría consolidado como alternativa de Gobierno a los populares. Y una vez presentada la moción, las opciones de triunfar eran muy evidentes ya que el conjunto de los partidos de la oposición estábamos obligados a ello. En el caso de las diputadas y diputados del Partit Demócrata nuestro compromiso con los electores nos exigía superar cualquier tentación equidistante. Las candidaturas demócratas encabezadas por Francesc Homs habían asumido, tanto en diciembre de 2015 como en junio de 2016, priorizar la salida del PP y Rajoy del Gobierno. Y los hechos acontecidos durante estos años nos habían dado todavía más razones por defender la marcha del Gobierno, de Rajoy y de los suyos a la oposición. El  Gobierno de Rajoy es el principal responsable de la crisis catalana; sus opciones fueron la guerra sucia, las querellas penales, las cargas policiales del 1 de octubre, las prisiones injustas, el deterioro de las instituciones y la calidad de la democracia en nombre de la unidad de la patria y la intervención del autogobierno catalán. Nuestros votos no podían, en ningún caso, ser cómplices de la continuidad de los populares por más días en el Gobierno.

Ciertamente, el PSOE y Pedro Sánchez nos suscitaban legítimos recelos y desconfianzas. Su apoyo a la intervención del autogobierno de Catalunya, su indiferencia al dolor de las víctimas de la represión y la deriva nacionalista de las últimas semanas de Sánchez, en competencia españolista con el partido Ciudadanos, provocaban el normal rechazo de un gran número de nuestros representados a la idea de hacer Presidente del Gobierno a Pedro Sánchez con nuestros votos.

Pero a pesar de eso y de la secular tradición jacobina del Partido Socialista, optamos por abrir la puerta a un nuevo y posible escenario político que nos dé a todos una nueva oportunidad para recuperar la política como instrumento democrático al servicio de las soluciones de los conflictos.

El debate parlamentario con el candidato socialista a la Presidencia del Gobierno tuvo el tono adecuado y algunas de sus afirmaciones fueron relevantes para inclinar de manera definitiva nuestra opción por el sí: la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto como origen más inmediato de la crisis entre Catalunya y el Estado, el carácter político del conflicto, la necesidad del diálogo y la obligación de reparar el dolor causado.

La tarde del viernes 1 de junio, cuando regresé a Barcelona después de la votación de aquella mañana, la sensación que tuve en las calles de mi país, era que muchos, la mayoría seguramente, volvían a respirar. Se había abierto una ventana y el ambiente tan cargado durante tanto tiempo se hacía más respirable. Me reafirmé en el sentido de nuestro voto.

Conectaba con el deseo mayoritario de la sociedad catalana de encontrar vías democráticas para encauzar el enfrentamiento entre unos y otros, y curar las heridas.

Pero será bueno también optar por no generar expectativas demasiado elevadas; de entrada porque nuestras diferencias continúan siendo sustanciales en la cuestiones de fondo como el reconocimiento nacional y el derecho a decidir, y el trato justo y el poder que reclama Catalunya; y porque hay cuestiones de derechos humanos y de respeto a la ley que afectan a las personas encarceladas que debe resolverse para recuperar confianza y el mutuo respeto. Hay quienes esperan que nada cambie y el conflicto se enquiste porque han crecido en el conflicto y sin el conflicto no tienen ni presente ni futuro.

Ojalá estemos todos a la altura de los ciudadanos  que representamos.

Article publicat originalment a El Siglo de Europa

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